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Adriana Zumarán

—El amor, para nosotras, sólo puede venir como una
desgracia, replicóZoraida. Y la voz le temblaba.
Un día Adriana preguntó por Julio.
—¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con
abuelita, cuando túllegaste.
—Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida,
y allíestá Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué
atención le escuchaLaura, cuando él habla?... Es una suerte. Así,
poco a poco, me iráperdonando...
—No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis
hubierasido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede
perdonar.
Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio
estaba en lacasa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su
atención en aquellafrase de Carmen. Puso todos los sentidos en
sorprender, sobre la cara deJulio, cuando bajara, la impresión
que le haría volverla a ver.Sorprendió una expresión de júbilo, y
en seguida una contradictoriamirada de tristeza. Con él bajaba
Laura. Esta se adelantó y la besó enlos ojos.
—Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año,
murmuró.
Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un
instante deobservar a Julio, suspiró, volvió a besarla.
—Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.
Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos
un pocoatónitos y sonreía con su sonrisa ligera.
VII
 
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