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Adriana Zumarán

Carmen protestó con tono de reproche:
—¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar
que lo pasamosaquí tan escondidas y como olvidándonos de
vivir! ¿Quieres creer,Adriana, que Zoraida nos está contagiando
su enemistad hacia el mundo?Como no ha podido entrar de
monja quiere hacer de esta casa suconvento. Ya ni por motivos
de caridad nos relacionamos con nadie. Díaspasados vinieron a
verla varias señoras, para pedirle que formara partede una
comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el
añopasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de
Octubre. Has decreer que no tuve ocasión de pedirle su
contribución a nadie. Y para noquedar mal nos vimos obligadas
a reunir cada día todas las monedas quehabía en la casa, y
registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguirpoco a poco
llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo enesta
forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar
alguno aquien querer.
Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la
mejilla en lapalma de la mano abierta, y bajo la frente algo
asimétrica sus hermososojos grises tomaron una expresión vaga;
en la sombra de su meditación,miraba sonreír una cara que en la
realidad no había visto nunca.
—Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que
no metraiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.
—¡Siempre tu misma manía!
—Con esas ideas extrañas—añadió Carmen—todas debemos
hacer lo posiblepara quedarnos solteras.
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