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Adriana Zumarán

dice, ahora, que paracomunicarse con Dios no es necesario ir a
persignarse en la iglesiadelante de todo el mundo.
—¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.
—Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá,
es claro,ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...
Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse
junto a ellas.
—No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino
que lehablabas de mí—dijo acariciándola.—¡Indiscreta! Le
habrás contado mimanía de ser monja.
Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.
—Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado
novelera.Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera
vocación no se mehabría pasado con la muerte de mamá, ni con
los disgustos que sejuntaron encima.
Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura
ingenuidad, unidealismo, por el pensamiento de que fuera de
Dios nadie podríaenamorarla nunca. Por otra parte el amor—ella
estaba segura—sólohubiera venido para su perdición.
Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin
perderpalabra.
Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas
ningún amor.
—No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.
—Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió
Zoraida.
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