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Adriana Zumarán

Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de laparisiense
exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un
admirableafinamiento de las cualidades comunes, exteriores,
visibles, traídas porla cultura de las costumbres y la influencia
de los libros que ella haleído? Su mundo interior es armonioso,
claro, limitado. En cuanto a lamujer española... La de los
grandes tiempos místicos ha desaparecido; haresucitado aquí,
revestida de un esplendor nuevo, transformada, única,en este ser
extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin dudala
criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no
laconoces.
—¡Tú sabes quién es!—interrumpió Muñoz irritado.
—Ah, seguramente supones—prosiguió Julio—que ella es la
única así.Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a
perversidadesincomprensibles. Pero las cualidades y el carácter
de estas porteñasdesconcertantes, no son, como en la mujer
europea, manifestación naturaldel espíritu, sino una pura
apariencia, un delicado disfraz. Algunas lollevan durante toda la
vida. Cierto recato místico y una profundapasividad las obliga a
ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en lavoluptuosidad
interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiemposa las
santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y
enel alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y
todo género desugestiones han conspirado sin duda para apagar
el ardiente atavismo.Algunas generaciones más y esta mujer
habrá tal vez desaparecido. LasRenée Mauperin y las
"intelectuales" y las partidarias de Debussy, iránpoco a poco
absorbiéndola, matándola.
—Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído
discutirsobre Debussy.
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