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Adriana Zumarán

—Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne
y lasangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza
agitada,convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un
sentimiento que talvez cualquier otra mujer te hubiera inspirado
también. El amor, elverdadero amor del hombre, es algo ante
todo espiritual; los sentidossufren su influencia, a veces de una
manera violenta, pero sin avasallaral espíritu nunca.
—Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar...
Déjamedesahogarme... Si ella fuese de esas criaturas
inconscientes, purairreflexión, pura coquetería, todo lo que hace
sería cien veces másperdonable. Pero no, es inteligentísima, más
que cualquiera de susamigas. No, no es una irreflexiva; por el
contrario, parece que siguierael hilo de mis ideas y adivinara
todo lo que pienso. Ella sabe hasta quépunto sufro, y no le
importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar,la imagino
de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo,
aveces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda
de cómoes ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de
su amor.
V
—¿Quieres que te explique lo que pienso?—dijo Julio con
ciertagravedad. Hay una relación directa entre tu asunto
sentimental y algo...Yo no soy un indiferente, como tú acaso
supones; al contrario, sientolas cosas de una manera demasiado
íntima... En fin, no es esto lo queinteresa ahora... Se trata de esa
criatura, es decir, de las criaturasdesconcertantes que uno puede
encontrar aquí, en Buenos Aires... Si note sientes capaz de
afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... Apropósito,
no me has dicho quién es...
 
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