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Adriana Zumarán

Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y
algunoscomentando seriamente la extraña transformación que
había operado enMuñoz la neurastenia.
—¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a
una amigaíntima de Charito González... Adriana Zumarán. La
traté una sola vez,pero comprendí que es un ser excepcional.
Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una
indefinible expresiónde desconfianza; le vio sonreír ligeramente.
Se levantó alterado, ycomenzó a pasearse por el saloncito.
Luego llamó y pidió su abrigo;pensaba que Julio, al tanto de
toda su historia, respondía a susconfidencias con una crueldad
irónica, y esto le lastimó.
—¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?—gritó tomando del sirviente
el abrigo yel sombrero. Y sentía crecer oscuramente su
hostilidad contra Julio.
Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún
deseo deburlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le
compadecíacon sinceridad.
Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo,
acercándosemucho a Julio:
—No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya
no soydueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo...
Es horrible,es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los
casos de impulsociego, inconsciente, de la gente del pueblo... los
crímenes pasionalesque registra todos los días, en los periódicos,
la sección "Policía", elsuceso común del hombre que se ha
enamorado de una criatura de quinceaños, de clase humilde
como él, la ha festejado y perseguido coninsistencia
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