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Adriana Zumarán

Fue una emoción que le dejó recuerdos imborrables. Durante
las dos horasque la visita duró, la agasajaron con finura,
demostrándole ciertaalegría solícita, que contrastaba con la idea
trágica de su imaginación.Se las había figurado siempre con una
actitud melancólica y en sus carastristes una palidez mortal.
Era la de Aliaga una de esas familias porteñas que se han
retraídorehuyendo las antiguas amistades y viviendo en una
especie de reserva yde rara indiferencia para todas las cosas que
agitan al brillante mundosocial. La casa, interiormente suntuosa,
parecía demasiado grande paralas pocas personas que la
habitaban. Con las tres hermanas vivía unhermano solterón,
Eduardo, y una tía abuela, muy anciana ya; atacada deparálisis,
nunca salía de su habitación.
Y la casa parecía aun más grande y más silenciosa, cuando
Eduardo se ibacon alguna de ellas a una estancia lejana, donde
solían pasar largastemporadas.
Adriana se sorprendió de que a ratos la hablaran con un tono
de vozcansada, como midiendo las sílabas y con cierta reserva
en la dejadezamable de las palabras. Le llamaron la atención sus
manos largas yfinas, ligeramente deformes y de una blancura
extraordinaria. Tambiénrecordaba ahora, como si los tuviera
presentes ante sus ojos, algunosobjetos del salón; así una mesita
de caoba tallada, incrustada en losbordes con dibujos de nácar,
luego dos grandes candelabros de cobre quefiguraban dragones
fantásticos, y una jarra de alabastro, sobre lacornisa de la
chimenea, con pomposas flores de terciopelo lila.
Una aprensión invencible la había imposibilitado para llevar
laconversación al recuerdo de su padre. Como la irritara su
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