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Adriana Zumarán

momento antes de que usted llegara.¡Con qué pasión dolorosa se
besaron, obligados por mí!
Sacudido por estas últimas palabras, Muñoz se adelantó, sin
responder aLaura, y tocó el hombro de Adriana. Pero su gesto
autoritario nocorrespondía al verdadero estado de su espíritu.
Temblaba de inquietud,y la noticia que tan bruscamente le daba
Laura, el beso a Julio, sóloalcanzó a herirle la imaginación.
Su amor propio había muerto, estaba dispuesto a pasar por
todo paraconseguir que Adriana le siguiera. A ser necesario, se
habría humilladohasta arrastrarse a sus pies o hasta suplicar al
mismo Julio queintercediera para convencerla. Porque la
deseaba.
Pero ella obedeció, ajustándose el sombrero para marcharse.
—¡Cómo!—exclamó Laura sorprendida. ¿Usted pretende
imponerse? ¡No!¡Déjela! ¡Perverso! ¡Pícaro!
Adriana acalló sus palabras con una caricia, y luego hizo a la
sirvientaseña de seguirla. Y salió, después de besar,
rápidamente, a Zoraida y aCarmen. Sus pasos y sus sollozos
resonaron en la escalera del vestíbulo.
Muñoz, saludando, se retiró también.
Laura había enmudecido, dándose cuenta de que los dos eran
ya,efectivamente, marido y mujer.
A través de los cristales entraba todavía el resplandor de la luz
azul,pero ya muy velado por la indecisión que ponían las
tinieblas. Julioestaba otra vez a la cabecera de la cama, y tenía
una mano de la enfermaentre las suyas. El rumor de la ciudad
llegaba en el silencio como laresignación de una lejana queja. Y
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