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Adriana Zumarán

muchachasfantásticas. No cambió su expresión a la vista de
Adriana, ni pareciósorprenderle la presencia de Julio.
Laura le saludó gentilmente y con un gesto le indicó que se
acercara.Pero él, rígido en el umbral de la puerta, parecía querer
pronunciar unafrase, sin conseguirlo. Laura le observaba ahora
con una curiosidadinfantil.
—¿Podría la sirvienta—dijo Muñoz al fin—acompañarla a su
casa?
—¿Por qué, señor?—le preguntó Laura.—¿Usted no sabe que
Adrianaquiere a Julio?
—Cállate, Laura, por piedad, interrumpió Zoraida, no sabes lo
quedices.
—No, déjame hablar, él comprenderá, necesito explicarle.
—¡Te subirá la fiebre!
—Zoraida, déjame hablar, te lo pido.
—¡Te subirá la fiebre!
—Al contrario, Zoraida; si no permites que hable, la
desesperación mematará. Aquí hay un verdadero contrasentido.
Considere un momento, señorMuñoz, que Adriana sólo se
casaría con usted por la compasión que yo leinspiro y es capaz,
para llegar a este fin, de haberle fingido que loquiere.
Laura hablaba exaltada hasta la pureza de una sinceridad
diáfana,mientras Muñoz, adusto, con los ojos bajos, apretándose
las manos,parecía aguardar, impaciente, que ella concluyera.—
¡Y no se conmueve!continuó Laura. Los hubiera visto un
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