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Adriana Zumarán

miraba con sorpresa,sin adivinar su propósito. Los mechones del
pelo lacio se le habíanpegado, con las lágrimas, sobre las sienes;
la tristeza y la indignaciónse pintaban juntas en su semblante
enrojecido.
Pudo al fin hablar.
—¿Y tú, con esta tranquilidad, vas a casarte?
Adriana comprendió al punto su intención. Entonces la miró
con fijeza;después, besándola, la empujó suavemente hacia su
madre. Como si hubieseleído alguna trágica amenaza en el
fondo de aquellos ojos que nocambiaron de expresión para los
demás asistentes, Raquel retrocedió,ahogando un grito.
—¡Qué nervios tiene esa chica!—dijo alguien en voz baja.
Adriana se acercó a la mesa y escribió su nombre al pie del
acta, con lanaturalidad de quien pone su firma al terminar una
carta. Muñoz, encambio, tomó la pluma temblando, y no pudo
ocultar su emoción en aquelinstante que ataba para siempre a la
suya la misteriosa existencia deAdriana.
Ella, terminada la ceremonia, llenó de licor varias copitas y
sirvióante todo a los empleados del Registro. El jefe, luego de
agradecer y depronunciar algunas respetuosas frases de
circunstancias, hizo la mismareverencia que al entrar, y ambos
se retiraron.
Después, por largo rato, nadie habló. Raquel seguía
sollozando, yCharito la contemplaba intrigada, sin comprender.
Adriana estaba pensativa. La triunfante tranquilidad de su
rostro habíadesaparecido. Empezó a oír en su interior, repetida
como un estribillo,la dulce frase murmurada por Julio, pocos
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