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Adriana Zumarán

contrario el semblante apático;adelantándose como aburrido,
puso el libro sobre la mesa dispuesta enmitad de la sala y buscó,
sin apuro, el folio en que debía formularse elcontrato
matrimonial. Una sirvienta corrió a llamar a los novios.
Raquel se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar.
Su madre,que lloraba en silencio, la reconvino en voz baja, casi
suplicante.Entonces se alzó la voz grave del señor Molina.
—Está demás llorar ahora, dijo lacónicamente.
Había venido con sus hijas. Como la noche antes oyeran
dialogar a supadre sobre la desgracia del inesperado casamiento,
más que nunca leshacía Adriana la impresión de una rara.
Tenían la vaga idea de que ahoraexpiaba las consecuencias de
sus fantasías absurdas. Y se miraban con ungesto de aprensión,
casi asustadas.
Adriana entró con Charito y con Muñoz. Traía el traje sencillo
con quesolía ir a la iglesia, para la misa de las once. No era su
aspecto el deuna novia, y por su actitud natural, casi distraída,
en medio de lascaras solemnes, parecía moverse en otra
atmósfera. Difundía una graciasingular. Sus primas se
ruborizaron, humilladas por su belleza y suserenidad. Charito
fue hacia ellas, y en voz baja, cuchicheando:—¿Hanvisto? Se
cumple hoy lo que yo siempre anuncié. Adriana nunca quiso
aotro. Las rarezas, las maldades, eran todas fingidas. ¿La ven
ahora, conese aire de indiferencia? Yo les aseguro que no cabe
en sí de felicidad.
De pronto, cuando el jefe del Registro llenaba las
primerasformalidades, Raquel dejó de sollozar. Dijo algunas
palabrasininteligibles y se dirigió impetuosamente hacia
Adriana. Estabaresuelta a interrumpir el acto. Todo el mundo la
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