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Adriana Zumarán

amor me ata a mimarido, si te dieras cuenta que el hábito me ha
trabajado hastainspirarme por él algún sentimiento real, no
pongas entonces en duda quela Adriana de ahora ya no existe y
ha dejado en su lugar una criaturapuro instinto, una criatura muy
vil y muy despreciable.
—¡Déjala ir!—gritó Raquel abrazándola y procurando
recobrar la carta.
Pero dos golpes sonaron a la puerta de la habitación. Apareció
sonriendoCharito, vestida de claro; una rica piel blanca
envolvía, bajo elsombrero negro, su rostro ligeramente
acalorado.
Tomó con efusión las manos de Adriana.
—Anduvimos hasta esta hora con Muñoz y con mamá,
haciendo compras parati.
Y Charito se puso a charlar, loca de contento, encantada por
haberllevado a buen término una obra que significaba, según
ella, lafelicidad de sus dos mejores amigos.
Raquel sintió que con Charito había entrado, ataviada de
alegresapariencias, para posesionarse de Adriana, la inevitable
realidad.
XXV
Poco antes de mediodía llegó, acompañado por otro empleado,
el jefe dela correspondiente oficina del Registro Civil. Era un
señor gordo,tieso, de cabello y bigotes grises, y cuya apostura
digna parecíaafirmar la importancia de la ceremonia que iba a
realizarse. Al entraren la sala hizo una gran reverencia. Su
empleado, un joven moreno,pobremente vestido, tenía por el
 
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