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Adriana Zumarán

escrito en su diario. Yo intervine, enrealidad, para destruir esa
dicha cuando nacía. ¡Ojalá llegue a casarsecon él, más adelante!
Y Adriana se puso a referirle las conversaciones que con Julio
habíatenido, y procuró explicarle la clase de felicidad que
concibieranjuntos. Sus frases se exaltaron, sus ojos despidieron
un fulgorardiente.
Experimentaba, hablando así, el alivio ilusorio de
revivirimaginariamente el breve pasado radiante. Y de su cara
huía el dolordejando una pasajera expresión de dicha sin límites.
—Óyeme,—prosiguió—no llores, no me impidas ver la
verdad. En mí no secasará con Muñoz el alma, sino simplemente
la mujer. Sufriré mucho menossi es que puedo darme cuenta
más clara de mis actos. Tú debes ayudarme.Si no me casara con
Muñoz, tendría que morir. ¡Y Julio también tendríaque morir!
¿Comprendes, Raquel? Porque ya nada podría detenernos,
yosería suya, sería suya sin casarme, esto lo sé, lo siento, y
después losdos moriríamos sin remedio, para purificarnos y para
escapar alpensamiento de Laura.
Raquel, anonadada, palpando en la actitud de Adriana
algoinquebrantable, ya no respondió una palabra.
Sin embargo, no dejó de espiarla, para encontrar acaso la
oportunidad deuna última tentativa. Sorprendió en ella indicios
de pánico. Más de unavez pudo observarla que se arrodillaba,
creyéndose sola, y queoprimiendo contra el pecho un crucifijo,
parecía pedir una inspiraciónal cielo. Era evidente que se sentía
aterrada por la proximidad del díafatal.
En la misma mañana fijada para el acto civil (al día siguiente
serealizaría la ceremonia religiosa), Raquel tuvo la idea de
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