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Adriana Zumarán

deseo de adoración para aquella muchachaextraordinariamente
linda, cuyo amor en ciertos momentos le parecía unraro sueño.
Se hizo tímido; cuando estaba solo con ella, el corazón lelatía
con violencia. En el verano la siguió a las sierras de Córdoba
yAdriana, después de algunas vacilaciones que le sumergieron
en terribleszozobras, le aceptó como novio, pero con la
condición de mantener elcompromiso secreto, "para que nuestro
amor—decía—no pierda el encantode la intimidad". El
noviazgo la hizo más reservada, más indiferente.
Muñoz era otro desde entonces. Sólo de vez en cuando le
veían apareceren el club sus amigos habituales; y siempre
pensativo, reconcentrado,respondía con una sonrisa forzada a las
exclamaciones ruidosas que leacogían. En una de aquellas
ocasiones le fue entregada una esquela.Delante de todos la
abrió. Después de leerla, hizo un gesto hastiado yla dio a Miguel
Castilla, uno de sus amigos.
—Si quieres ir a verla, por mí...
Era de una tonadillera conocida. Algunos meses antes la
habíanperseguido los dos, como rivales, pero inútilmente.
Aquella generosaindiferencia de Muñoz sorprendió mucho; le
creyeron atacado deneurastenia o de algo peor y le aconsejaron
una temporada de campo.
Y ahora sufría lo indecible. Le había escrito a la estancia del
señorMolina sin recibir contestación; entregó una carta, el
ultimátum, aRaquel, suplicándole que la hiciera llegar a manos
de Adriana; por fin,la víspera de ese viernes, Charito González
le dio la seguridad de queella vendría expresamente de la
estancia.
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