Not a member?     Existing members login below:

Adriana Zumarán

el cuadro de la habitaciónmortuoria, el túmulo negro, el Cristo
de plata; alguien la habíalevantado en alto, y ella vio entonces,
en el ataúd, una forma larga,cubierta desde la cabeza hasta los
pies con un paño blanco; sóloaparecían las manos, traídas por
encima del paño, horriblemente pálidasy tiesas. Pero no le
parecieron las manos de su padre. "¿Por qué lehabían tapado
también la cara?" pensó más tarde. Pero por nada en elmundo lo
hubiera preguntado a su madre ni a persona alguna. Se
loimpidió una especie de recelo sobrecogido y la misma
gravedad dolorosadel suceso. Ciertas alusiones, oídas en
conversaciones íntimas, lehicieron después relacionar la tragedia
con el aislamiento en quevivía—acaso desde entonces—la
familia de Aliaga, y fijar su reflexiónsobre la singular
circunstancia de que, con la muerte de su padre,terminó toda
amistad entre aquella familia y la suya, a pesar de unirlasalgún
parentesco.
Y guardaba también esta vaga memoria: un día, durante el
luto, habiendopedido que la llevaran a casa de las Aliaga, donde
con frecuencia pasarael día jugando, su madre la reprendió con
una severidad que la dejóconsternada.
Después entró como interna en un colegio religioso, pasaron
los años yrara vez tuvo de ellas alguna noticia. "¡Qué divina se
ha puesto LauraAliaga!"—oyó decir a una señora, en voz baja,
al terminar una fiesta decaridad organizada por las damas
Vicentinas. Y le dio pesadumbre pensarque acaso las había
visto, sin reconocerlas. Por otra parte, le infundíacierto
inexplicable temor la idea de relacionarse con ellas nuevamente.
Pero el año anterior a la época en que comienza esta historia,
las habíavisitado aventurándose a todo y con el pretexto de la
antigua amistad,cuya ruptura aparentó sencillamente ignorar.
Remove