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Adriana Zumarán

Concluía la carta pidiéndole, encarecidamente, que las visitara
sinfalta. Bajo la firma de Carmen, había esta línea escrita con
caracteresagudos:
"Yo también se lo pido, Adriana".—Julio Lagos.
Ella dejó ambas cartas en la mesita y su mirada pasó de una a
otra,vagamente, como si estuviera viendo flotar las imágenes
tanprofundamente diversas que cada una de ellas despertaba en
su alma.
III
Ricardo Muñoz había terminado sus estudios en la Facultad de
Derecho,dos años atrás. Era serio y reflexivo por naturaleza.
Pero se plegó, sinembargo, por cierta mala vanidad, a una vida
superficial, brillante, enla compañía de muchachos
derrochadores que abandonaban los estudios o nolos concluían
nunca. Se acostumbró, así, a considerar la vida conoptimismo
irónico, y mientras calculaba hacer carrera más adelante, enla
magistratura, frecuentaba el Jockey-Club, los cabarets y a
lasartistas. En medio de esta vida, que interiormente le
avergonzaba, seconoció con Adriana en la casa de Charito
González, antigua y leal amigasuya.
Al principio no fue sino un sentimiento ligero, un suave placer
degalantería y el encanto de oír las alusiones de las personas
quefrecuentaban la casa. Fue después una satisfacción íntima,
prontovoluptuosa inquietud al advertir que, cuando le daban
bromas con él,Adriana ya no reía. Al fin no pudo substraerse a
la continuapreocupación que le producía aquel intercambio de
manifestaciones cadavez más llenas de halago y de dulzura,
aquella penumbra sentimental quele envolvía, le acariciaba y le
acompañaba a todas partes, despertandoen su ser un verdadero
 
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