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Adriana Zumarán

—¿Quién podrá venir a esta hora?—dijo Charito sorprendida.
¡Son lasonce pasadas! Su sorpresa aumentó más todavía cuando
apareció lavisitante: era Adriana.
Lucía, que no había cesado de acariciar la cabeza de Muñoz,
se levantóenrojeciendo, mientras él clavaba la mirada, fijamente,
en la figura deAdriana.
Esta demostraba una extraordinaria agitación. Procuraba
sonreír.
—¡Ya ve, Muñoz, que no lo olvidan!—exclamó Lucía. Pero
advirtióentonces en Adriana la palidez y un ligero temblor de los
labios. Ycomprendiendo que algo grave ocurría, tomó a Charito
aparte.
Ella se sentó al lado de Muñoz, quien se había incorporado y
la mirabacon expresión de curiosidad. Ambos quedaron por un
rato en silencio.
—He recibido su carta y he venido.
—Gracias, Adriana. Yo debo agradecerle este acto de bondad.
Ambos callaron. Adriana volvió la cabeza, como buscando
una tabla desalvación. Pero Lucía y Charito hablaban en voz
alta, al otro extremodel salón. Echó ella una mirada de odio a
Muñoz. La desolación de susemblante revelaba una violenta
lucha interior. Iba a levantarse,parecía a punto de llorar. Pero en
seguida, con un aire de granresolución, acercándose más a
Muñoz, le habló en voz baja, insinuante,una voz que no parecía
la suya.
—Óigame... Todo lo anterior, lo que ha sucedido en estos
últimos meses,ha sido farsa, pura coquetería de mi parte, por ver
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