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Adriana Zumarán

con alas, en un gran caballo negro, con largascrines negras, las
alas negras, castigando con manos negras el aire delcielo.
—¡Pero Muñoz, Muñoz!—gritó Charito alarmada.
Se retuvo y miró a las dos muchachas como asombrado de sus
propiaspalabras o como si una fuerza ajena se las hiciera
pronunciar.
—Todo esto son fantasías—explicó—para distraerlas a
ustedes. Cuandouno ha perdido la dignidad de sus actitudes, no
debe servir más que paraquitar el aburrimiento a sus amigas.
Ambas procuraron calmarle. Se rió con risa inexpresiva, y
apoyó lacabeza en el brazo de un sofá.
—¡Es que sufro tanto, tanto!
Lucía fue a sentarse a su lado. Se sentía enternecida y llena de
piedad.Charito, desesperada, frente a ella, murmuraba frases de
condenacióncontra Adriana.
Durante un buen rato, Lucía se quedó contemplando a Muñoz.
Extendióluego la mano sobre su cabeza abatida y se puso a
acariciarle, muysuavemente, como se acaricia a una criatura que
llora. Le rozó con losdedos la frente, los párpados cerrados,
parecía a punto de acercarle loslabios. Pero hacía todo con
actitud tan espontánea, tan natural, queCharito no se sorprendió.
Y el sentimiento de Lucía no era sólo de lástima. Una secreta
delicia,una sensación íntima de encanto la envolvían por la idea
de que ella,una niña, prodigaba a un muchacho aquellas caricias,
sin malicia algunay con el puro propósito de consolarle.
En esto resonó el timbre de la puerta de calle.
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