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Adriana Zumarán

XXIII
Muñoz entró en casa de Charito sin esperanzas de encontrarse
conAdriana, pero sí con la idea de que su amiga pudiese darle
noticias decómo andaban sus relaciones con Julio.
Probablemente estaría al tanto dela ruptura, o del suceso que
había motivado aquel estado de mortallasitud en que había visto
a Lagos.
Pero Charito le recibió con una mirada compasiva, buena, y
comenzó arepetirle sus consejos de otras veces, procurando
decepcionarle deAdriana.
Muñoz, intrigado, pensó por un momento que Julio se había
fingido tanabatido para evitar una explicación, o por alguna rara
delicadeza derival afortunado.
—¡Lo que menos necesito es eso, su cortesía!—exclamó en
voz alta.
—¿La cortesía de quién?—le preguntó Charito.
—No haga caso, esta noche han de perdonarme cualquier
desvarío. Es unmal momento de mi vida.
En el salón estaba Lucía Moreno, sentada al piano, fastidiada
porque nopodía sacar una pieza de memoria.
Muñoz fue a sentarse a su lado. Empezó a divagar
extrañamente, bajo lainfluencia de su obsesión.
—Haga música triste, Lucía. Por ejemplo, la marcha fúnebre
de Chopin, ode Sigfrido. Las amigas que vengan podrían
vestirse de Walkirias. ¡Quéterrible sería Adriana transformada
en una Walkiria! Yo, haciendo elpapel de Sigfrido, me meteré
en el ataúd. Ella, si quiere, puede venirmontada en un caballo
 
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