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Adriana Zumarán

hacia la adoraciónde aquel cierto tipo porteño cuya originalidad
le asombrara y sedujeracomo una fina revelación. Y había
amado un poco a todas las mujeres quede él traían algún
inconfundible signo, en el óvalo suave, en la sombrade una
mirada serena, en la gracia de una actitud o en la ligera
armoníadel andar.
Recordó la noche en que se explayara acerca de este tema, en
una salitadel Jockey Club, con Ricardo Muñoz.
Sí, era indudable que Adriana aceptaría a la larga, divina
resignada, larealidad del mundo, casándose, al azar, con un
hombre que no llegaría aconocerla nunca.
Y la vio alzarse ahora como una bella imagen, iluminada por
elsacrificio y despojada de toda materialidad.
Julio entraba, poco a poco, en una tranquilidad semejante a la
quesuelen experimentar algunos, a la hora de la muerte, cuando
los sentidosya sólo subsisten para dar, al espíritu lúcido, una
última y originalvisión de la vida que dulcemente les abandona.
Pero de súbito la miseria humana le dominó, como una
alimaña que lehubiera saltado a los hombros. Pensó con
desagrado en la visita deMuñoz. ¿Acaso le había atraído a su
casa un mal instinto, como atrae albuitre el olor de la presa?
Miró con gesto sombrío el marquito de platavacío, y ahora el
robo del retrato le irritó. Inútilmente procurabarehacer en la
memoria la frase que se le había ocurrido en el momento deirse
Muñoz. Y sintió que se le metía en el alma la flaqueza de
loscelos. Ya no pudo pensar en ella como en una Beatriz
inmaterial; suspensamientos se quedaban abajo. Y vio lucir en el
aire, reflejados desdeel fondo de su espíritu, los ojos turbios de
la Angustia.
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