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Adriana Zumarán

desatendiendo adredeel sentido de lo que ella hablaba, para sólo
percibir el secreto de laidea en el rumor musical de las palabras.
¿Y Laura? Era fácil imaginar la consternación de su alma
exquisitamentesusceptible. En otro tiempo y otras
circunstancias, el conocimiento deaquella pasión tan
celosamente oculta, hubiera sido para él motivo deinsensata
delicia. Ahora era causa de aflicción, con un algo
dereminiscente melancolía. Se le representaron los días en que
ella leintimidaba con sus desvíos vagos, cuando en las frases de
Julio moría laindecisa ternura como flor que al punto de brotar
se hiela. Habíaconcluido por ver, en el excesivo afecto amistoso
que le demostraraella, la manera de un fino agradecimiento, para
compensarle de no podercorresponder al adivinado deseo de
adoración. Después, ya en plenoidilio con Adriana, solía
preguntarse, intrigado aún, si alguna llama deamor no habría
flotado invisible para él, entre aquellos desvíos, quetan
mansamente contradecían la atención demasiado seria y dulce
con queotras veces le escuchaba.
Meditando de esta suerte, le entraba gran lástima y piedad para
Laura,para Adriana y para sí mismo.
Procuró adivinar el probable porvenir de Adriana. Sin duda
ningún otroamor nacería nunca en su corazón. Pero la vida y el
ambiente recobraríansobre ella sus derechos. Revestida entonces
de una engañosasuperficialidad, se recogería en esa penumbra
íntima que suele ser, paralas mujeres semejantes a ella y a las
Aliaga, el ignorado refugio de losensueños, el mundo interior
que nadie sospecha.
Mucho antes de conocerla, ya su anhelo de ideal, apartándole
de losafectos comunes, había tomado un camino casi místico
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