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Adriana Zumarán

llevar "la cadena de unamor sólo correspondido con ya
insufribles perversidades". Habíaresuelto, esta vez
definitivamente, y en ello empeñaba su palabra,romper el
compromiso si no se avenía ella a cambiar de actitud. La
cartaterminaba así: "Yo había cifrado el objeto de mi vida y
todas misaspiraciones en el amor de usted. Por lo mismo
tuvieron missentimientos una sinceridad incontestable. Jamás
hubiera queridoconquistar su cariño por otro medio. Pero tal vez
por mi sinceridadmisma la he de perder para siempre. Ayer pedí
a Charito, como favor deamistad, que la invitara para el viernes.
Si no va usted, Adriana, todohabrá terminado entre nosotros."
"¡Bah,—pensó ella—ya había decidido ir sin que tú me lo
exigieras! Yahora que Raquel y Fernando están aquí, mamá
tampoco podrá ponerinconvenientes".
Abrió la otra carta, y ésta la leyó con emoción. Era de Carmen
Aliaga,venía de aquella casa romántica y de aquella gente que
había intervenidoen la misteriosa tragedia de su padre suicida.
Carmen era la menor deellas. Se manifestaba extrañada de que
no hubiese vuelto Adriana avisitarlas después de una tarde en
que las había "encantado ysorprendido inolvidablemente".
—¡Ah, pensó Adriana, encantarse conmigo, ellas que viven en
un continuoencantamiento! Y siguió leyendo, ávidamente.
Carmen le refería que casisiempre estaban solas, que rehuían
toda relación con mozos, a causa decierta manía o preocupación
de Zoraida, toda una historia muy dolorosa,que ella prometía
contarle. Fuera de Julio Lagos, una excepción,únicamente
recibían a dos o tres parientes y no iban a parte alguna,como no
ser a misa.
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