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Adriana Zumarán

y se decidan, tú en seguida teencuentras en la gloria y respondes
de la mejor manera posible a suschistecitos amables y a sus
miradas irresistibles. Yo en cambio sufro,comprendo toda la
trivialidad que los mueve, la insignificancia de loque sienten.
Los muchachos como Castilla sólo pueden embobar a lastontas.
Embobarlas y reírse de ellas. Reírse con razón, porque
parallegar a formarse una ilusión sobre esos tilingos...
—Bueno,—le interrumpió Raquel—déjame con mis ilusiones
y quédate conlas tuyas.
Lágrimas de despecho empañaban sus ojos verdes. Adriana se
acercó a ellavivamente y le tomó las manos.
—No te enojes, no hablo así para fastidiarte, sino por un
desahogo...
Pero se calló, como si la avergonzara demostrarle otra cosa
que maldad.Y echaba de menos, en lo íntimo de sí misma, la
época feliz en que,jugando juntas y viviendo aún su padre, solía
Raquel correr a suencuentro para besarla con júbilo, en plena
boca, enlazándole el cuellocon sus brazos diminutos. Y su
recuerdo reavivaba esta escena iluminadapor la claridad tan
lejana de los tiempos desvanecidos.
—¿No vinieron cartas para mí?—preguntó con indiferencia.
Raquel, portoda respuesta, la miró con expresión de cansancio y
de disgusto; y semarchó después de arrojar dos cartas sobre una
mesita.
Adriana quedó pensativa por largo rato, jugando con las cartas.
Despuésabrió una, que era de Muñoz y la leyó rápidamente. Se
trataba de unultimátum. Le recordaba todas las inconsecuencias,
todo el engaño conque ella había logrado hasta entonces hacerle
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