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Adriana Zumarán

—¿Yo sospeché?...
—La sencillez sería el silencio, y por demasiado tiempo he
hablado enesa forma. También tiene su atractivo hablar
complicadamente. Porquetodo cansa, Julio, hasta la poesía del
silencio. ¿Cómo le gusto más?¿Silenciosa o habladora? Créame
que estoy azorada y que me desconozco.No me soñé nunca
semejante conversación. No haga caso, Julio. Hablo asípor la
alegría de volver a conversar con usted.
—Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.
—¡Y usted también, Julio! Usted más que yo... Si llega, no la
dejaremossubir. Nos quedaremos aquí, los tres, conversando
sinceramente, hastaconfesar la intimidad más íntima de nuestros
corazones. Le propongo unacosa que será muy original: repetirle
a ella hasta la última palabra denuestro diálogo, y después decir
todo lo que pensamos y todo lo quesospechamos. Será divino. Y
entonces ya verá usted que sospechó mal...Si "eso" fuera cierto,
¿se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinarnunca?
—¿Adivinar que usted pudiera quererme?
Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, bajó los ojos y
se puso areír; sus mejillas se habían coloreado.
—"Eso" sería un secreto mío que no podría sospechar usted
nunca,suponiendo que fuese cierto.
—¿Y no es cierto?
—Claro que no, Julio.
Y Laura, excitada, embellecía extraordinariamente. Sus ojos
arrojaban unbrillo cada vez más febril.
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