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Adriana Zumarán

—Por lo menos ya no es el mismo. Yo me explico muy bien
su adoraciónpor Adriana, y yo a ella la quiero también, con toda
mi alma. Y en micariño de amiga hay además un mérito que no
tiene la adoración suya...Un mérito que usted ha de ignorar
siempre...
—Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad
que me gustabatanto... en las raras veces que usted me la
concedía... Pero por la penade verla tan delgada y con esa carita
de enferma, no puedo hacerme todala ilusión de que la amistad
antigua continúa.
—Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no
importa, meparece divino que hablemos encerrados los dos en la
reminiscencia deesa intimidad antigua.
Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de
Laura.
—¿Acaso ya no somos los mismos?
—Yo sí, Julio.
—No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor
por Adriana...
—¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está
imaginandocosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay
de lo que ustedsospecha. Así, es inútil que me hable con ese
modito de lástima.
—¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable
con sencillez.
—No puedo hablarle con sencillez.
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