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Adriana Zumarán

paredes laterales. Algunos centímetrosmás y la creciente
invadiría el interior de la iglesia. Estaba abiertade par en par,
salía el olor del incienso quemado en la misa queoficiaban para
conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcaciónlarga y
chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de
laiglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.
La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo.
Sobre lagran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una
queja. El sonidose expandió, muy dulcemente, y cada vibración,
resbalando delcampanario, iba a besar la superficie del agua
tranquila.
—¡Es como si lo estuviera viendo!—exclamó Lucía.
Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz
baja, seacercó a Julio:
—Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera
misa.
—¿Como a las siete, entonces?
—Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.
Él prometió ir para la misma hora, aunque difícilmente
encontraríaamigos que le acompañaran. Charito,
condescendiendo, se conformó. Habíaconcluido por abandonar
la causa de Muñoz, porque tenía pocotemperamento para sus
afectos y para sus odios.
Adriana y Julio vivían ahora en una dicha excesiva y en esa
zona deadoración anormal que embellece a los amantes y los
hace caros a lamuerte. Y no era la muerte, sin embargo, lo que
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