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Adriana Zumarán

—No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y
por elencanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren
como unaminiatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que
me trae a lamemoria!
Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los
versosmelancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva
Pompeya flotó suspensaen la lejanía de la sombra violácea.
—Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he
soñado.
Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva
Pompeya.
—Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el
Riachuelo sehabía desbordado. Vi la inundación. Aquello es un
arrabal de gentes muypobres, que viven en ranchos o en casitas
hechas casi todas con planchasde cinc y pintadas de verde y de
rojo. Estas desaparecían bajo lallanura de agua; sólo asomaban
algunos techos, que se iban poco a pocoachicando. Por una calle
más alta, que ya se había inundado también,navegaba una canoa,
larga y chata; traía hombres y mujeres casidesnudos, salvados
por marineros de la Prefectura. Iban echados sobrefardos de
ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia
lacampaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía
laimpresión del diluvio bíblico.
—¿Y la iglesia?—preguntó Adriana.
—La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía
porcontraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía
la impresiónde que sobrenadaba, como un milagro. El agua
corría ya por el pavimentodel atrio, muy mansa, y lamía las
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