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Adriana Zumarán

Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se
desilusionara ydejara de sufrir.
Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases
precipitadas yllenas de emoción. Resonaban extrañamente en
sus oídos y le aterraba enellas un sentido oculto, impenetrable.
Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de
Adriana. YLucía y Charito también la contemplaban suspensas.
No quedaba en su caravestigio de la antigua gracia inquietante.
Una hermosura nueva larevestía, maravillosamente, y bajo las
sombras de sus pestañas brillabala piedad.
De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se
cubrió conlos brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito
se sentó al ladode Muñoz, descorazonada.
Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos
ahogados quevenían del saloncito contiguo. Era Adriana que
sollozaba.
XIX
Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva
Pompeya. Charitopidió a Julio que asistiera a la ceremonia y
procurase llevar tambiénalgunos amigos. ¿No era lamentable
que los jóvenes inteligentesdemostraran, en su mayoría, ese
despego ahora tan general para las cosasdel culto y hasta el mal
gusto, a veces, de hacer ironías con lareligión? Esto se lo pedía,
pues, con un especial interés.
Adriana escuchaba.
—Comienza por avisarle,—intervino Lucía Moreno,—que
también Adrianairá.
 
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