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Adriana Zumarán

Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su
imaginacióndesmesuradamente, llenándole por un instante de
júbilo insensato. Creíasoñar.
—Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un
granesfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro
mucho, daría nosé qué si pudiera borrar las perversidades que
tuve con usted. ¡Diosmío! Si siempre hubiese sido leal... Porque
yo, ahora, quiero a otro.
Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella
confesión a quela había arrastrado un ardiente deseo de
sinceridad. Muñoz palideció denuevo, la mirada llena de
espanto.
Hubo un silencio largo.
—¿Usted quiere a otro?...—pronunció él con voz lenta.
Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió
de suslabios. En el silencio llegaban frases sueltas de la
conversación deCharito y Lucía, en el saloncito contiguo.
—Sí, usted quiere a otro, a Julio.
—Escúcheme...
—Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.
—Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,—
yo nomerezco su cariño... Yo, Muñoz...
—Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una
sonrisa desarcasmo.
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