—¡Por favor!—exclamó Muñoz—Una palabra sencilla, clara,
sincera...
Su espíritu hacía un doloroso esfuerzo para entender la nueva
actitud deAdriana.
—¡Ah, si supiera con qué lealtad quiero hablarle!—repuso
ella.—Y esque procuro explicarle, para que usted no interprete
mal.
Si no concibo ahora su pasión, si me parece un desatino, es
porque yo meengañé y pienso que usted se ha engañado
también. Yo tengo la culpa, yasé. Como le escribía esas cartas y
como después me mostraba taninsensible y tan rara, usted
mismo se avivó una pasión que tal vez nohubiera nacido nunca
o se hubiera apagado pronto si yo me hubiesemostrado más
sencilla, más vulgar, como realmente lo soy. No
concibotampoco que usted pueda quererme; se ha enamorado de
una ficción, de unfantasma. Yo en mí misma soy tan sencilla...
hasta soy buena ¿sabe?Usted se ha enamorado de mi maldad y
por eso debe ahora olvidarme. Porque ahora... no sé si
decírselo... pero ya Charito... no, nada. No mecreerá si le digo
que por usted sufro, sufro mucho.
Muñoz alzo la cabeza y la miró.
Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un
modo inaudito.Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz
sentía la proximidad de unaexplicación realmente definitiva.
—¿Que usted sufre por mí?
