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Adriana Zumarán

Adriana quedó helada. No eran aquellas, por cierto, las
apariencias dequien ha recobrado una dicha perdida. Pero se
sobrepuso a la impresiónpenosa y fingió no advertir el aspecto
desmejorado de su amiga.
—Laurita, sé que José Luis ha estado aquí...
Pero ella la besó y llamó a sus hermanas. Era evidente que le
dolíatocar este asunto. Iban todas a subir a la habitación de la
abuelita,cuando sonó el timbre de calle y se anunció José Luis.
—¿Y piensas recibirle así?—dijo Carmen mirando a Laura de
arribaabajo, sorprendida de su desaliño.
Ella le respondió con un ligero gesto de fastidio.
—Pero tú, Adriana, mientras ellas suben con él, vendrás a
conversarconmigo. Luego subiremos también, si quieres,
aunque no sé qué interéspodrías tener en conocerle, ahora...
Se sentaron juntas tomándose las manos, mientras oían la voz
juvenil yexpansiva del visitante resonar en el vestíbulo.
—¿Estoy delgada, verdad? Es un principio de anemia.
—¿Y no te cuidas?
—Ellas y Eduardo quieren llevarme a la estancia. Pero no me
decido air. Me moriría, te lo juro... Debe parecerte muy rara la
indiferenciamía para con José Luis. Tú sabes toda la historia; no
necesitopreguntarte si te la ha contado Camucha. Capaz la creo
de habérselacontado también a Julio.
—¡Oh, no! No lo pienses, Laura.
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