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Adriana Zumarán

Avisada un día por Carmen de que José Luis Aguirre, llegado
de Europa,les había hecho una visita, Adriana fue a casa de las
Aliaga con la granansiedad de saber si reanudaría Laura con él
su antigua relación.Ardientemente lo deseaba. Su actitud,
cuando se anunció la vuelta deJosé Luis, permitía abrigar pocas
esperanzas. Sin embargo, podíasuponerse que la tenacidad de su
silencio no significara una realindiferencia para el bello pasado
romántico, sino que persistiendosecretamente en ella la memoria
del idilio interrumpido, la frialdadfuera más bien pura apariencia
y reproche tácito a Zoraida.
También ésta aspiraba, evidentemente, a que se produjese
entre ambos lareconciliación; había dejado de ver en aquel amor
una desdicha fatal. YAdriana, recordando con piedad la dolorosa
relación que le hicieraCarmen dos meses atrás, se representaba
de nuevo a la pobre Lauradormida, su cabeza reposando en el
blanco almohadón y guardando, bajoel velo del sueño, la tristeza
que le había dejado la inoportuna alusiónde Carmen.
"¡Qué extraña es la manía de Zoraida!—pensaba Adriana. ¿Por
qué suponerque el amor ha de traer por fuerza la infelicidad?
Será sugestión que ledejó la muerte de papá... Y ahora ¿por qué
consiente? ¿Por qué nosestimuló, la vez pasada, para que le
diéramos bromas con José Luis?"
Y mientras discurría de esta suerte para sí, aumentaba su deseo
ansiosode que se reconstruyera el idilio y se casaran.
Con la primera que se encontró fue con la misma Laura. Había
adelgazadoen pocos días. Vestía un batón azul, ceñido con
cinturón de seda negra,y en tan descuidado arreglo, sin embargo,
una gracia suave la envolvía.
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