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Adriana Zumarán

silencio fue amortiguando el brillo de los altares, y las
estatuasvestidas de los santos se anegaban de sombra en sus
nichos.
Durante algunos minutos, apoyado en la pilastra, Muñoz
aguardó todavía,con la esperanza pueril de que Adriana por un
milagro apareciera. Porquese había acostumbrado a esa secreta
hora de voluptuosa alucinación, comose habitúa el fumador de
opio a la caricia fantástica que se le deslizaen los sentidos con el
veneno de la droga.
Al fin se decidió a marcharse. Sus pasos resonaron en el
templo vacío.Afuera, el sol de mediodía iluminaba el espacioso
atrio y la fachada delos edificios vecinos. Todavía formaban
corrillos los mozos que acudenpara ver salir de misa a las
muchachas. Uno de ellos, viéndole pasar, lepalmeó
amigablemente. Muñoz, abrumado, ni siquiera le miró.
Ese día experimentó contra ella un rencor profundo, como si
Adrianahubiese faltado al compromiso de una cita. Recordó
todas sus pasadasinconsecuencias, la perversidad con que le
había retenido, en losprimeros tiempos, la inexplicable ternura
de las cartas que le escribíapara luego mostrarse ante él fría,
implacablemente fría; recordó tambiénla escena con Castilla y la
extraña presencia de Julio en casa deCharito.
Sin embargo, aunque sus reflexiones le llevaban a
considerarlalógicamente un ser lleno de falsía y de crueldad,
tenía bien luego lasensación de padecer un error profundo. Le
asaltaba el pensamiento deque su rencor era vil. Y entonces la
imagen de Adriana, transfigurada,resplandecía para él desde una
portentosa lejanía.
XVII
 
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