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Adriana Zumarán

nave pasaba, yel fino perfil de la cara se iba ocultando, a los
ojos de Muñoz, bajo elala del sombrero de fieltro. Su silueta se
anegaba en la ligera penumbradel templo; llegando cerca del
coro se hincaba de rodillas, ponía losbrazos juntos en el asiento
delantero y abría el libro de oraciones.Muñoz, aproximándose,
no perdía un detalle. Contemplándola así, en lamedia luz, bajo el
grave silencio, durante una larga hora y sin que ellani nadie lo
advirtiesen, le parecía en cierto modo poseerla. Era suyacada
una de sus actitudes y de sus gestos, era suya la humildad llena
degracia con que rezaba, era suya la cara que se apoyaba sobre
las manosjuntas, cuando el sacerdote levantaba el cáliz y todo el
mundo caía derodillas.
La atmósfera de la iglesia, con el olor del incienso y el
cuchicheoinquieto de las oraciones, penetraba sutilmente los
sentidos de Muñoz yse confundía con la vaguedad de su
sentimiento. Su pena de amor parecíacomunicarse con la
inmovilidad de los fieles, con la tristeza mística delos santos
inmóviles, con el súbito tintineo de la campanilla ritual, ysubía
por el humo del incienso, que anublando en el altar la figura
dela Virgen, la dejaba reaparecer luego al resplandor escaso de
loscirios.
Cuando un domingo, por primera vez, Adriana no acudió, un
sufrimientocasi físico le traspasó. Durante toda la misa, que le
parecióprolongarse extraordinariamente, lo pasó arrodillado,
junto a lapilastra donde se ponía siempre, bajo el púlpito. El
tintineo de lacampanilla le hizo daño. La misa terminó, algunas
señoras se pararon,persignándose; en seguida, con un sofocado
rumoreo, todo el elegantegentío se levantó también, y
lentamente, formando hilera, comenzó asalir. Los bancos
quedaron vacíos. Apagados los cirios, una penumbra enel
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