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Adriana Zumarán

podía verla tan escotada. Ni seatrevía a mirar a Muñoz. Este
creyó que la grave carita enrojecida deRaquel era un reproche a
la inoportunidad de pararse a conversar conellas, y se retiró en
seguida.
Al llegar al segundo entreacto iba a marcharse, descorazonado,
cuandosaliendo de la platea se dio de manos a boca con Castilla.
Este le abriólos brazos con alegría, sin dejarle ir.
—Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo
no estabaen antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por
casualidad. Perovamos, no tomes las cosas por el lado heroico.
Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba
atraer laatención de una niña que le había mirado de soslayo,
desde un palcopróximo, llamativamente vestida de verde y con
un gran "aigrette" blancoen la cabeza.—Es decir, continuó, no
pude imaginarme que daríasimportancia a la cosa. Tú
comprendes que Adriana...
—Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido
no tantopor el tema que abordaba Castilla, sino por oírle
pronunciar el nombrede Adriana. Experimentó una impresión
casi tan desagradable como en casade Charito cuando le vio
cortejarla y tan atrevidamente acariciarle lamano. Un odio físico
le sublevó.
—¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me
disculpes... Perono negarás que ella es coqueta. Sería una
lástima, realmente, que tedejaras envolver por Adriana.
Indudablemente es un lindo tipo de mujer,pero no pierdas la
cabeza. A propósito, la vi en la primera función dela temporada;
desde entonces no ha vuelto a venir.
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