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Adriana Zumarán

corría por todo su ser. El aire de la sala, tibio,sensual, y el
deslumbramiento de las luces, contribuían para enervarle.
Pero al fin se acercó resueltamente al grupo donde había
creído verla.No era ella, sino Raquel, y la acompañaban
Fernando y una amiga a quienél conocía poco. Después de
vacilar un segundo, confuso, frente a ellos,saludó y siguió
andando. En ese momento vio a Castilla venir endirección
contraria a la suya. Para rehuirle volvió la cara.
Pero no le vio Castilla. Cruzaba la platea con su elegante
desembarazode costumbre, dominando la sala. Saludó a Raquel
con cierta afectacióndigna y luego, de la misma manera, a varias
muchachas reunidas en unpalco, quienes le contestaron
graciosamente, agitando hacia él las manosenguantadas. Una,
muy bonita, le llamó con un signo, pero él fingió noadvertirlo, y
fue a colocarse en el mismo sitio que había dejado
Muñoz,apoyándose también en la barandilla de la orquesta.
Muñoz se arrepintió de no haberse detenido para preguntar a
Raquel porAdriana. Vio a Fernando levantarse. Las dos
muchachas quedaron solas. Apesar de comprender que su
indecisión no dejaba de ser algo ridícula,se llegó hasta ellas.
Ambas, muy serias, le tendieron apenas la mano.
—¿Adriana no está?
Raquel miró a su compañera y respondió enrojeciendo:
—Creo que no... esta noche le fue imposible venir.
Su rubor provenía no sólo de mentir, sabiendo que Adriana
estaba en lacazuela, sino también a causa de sus hombros y
brazos desnudos; aquelaño venía por primera vez a la platea del
Colón y no podía sacarse lapreocupación de que todo el teatro
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