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Adriana Zumarán

—Y no hay otro remedio, efectivamente,—murmuró él
sumido ahora en unavaguedad de inconsciencia.—Pero no me
resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía?¿Qué puedo hacer?
Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:
—Y... quiérame a mí...
XV
Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo
lo demáseran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una
gran sensación devacío. Recordó que había empezado la
temporada de ópera y queposiblemente estaría Adriana esa
noche en el teatro.
Se vistió apresuradamente. Había bajado a la calle, cuando
advirtió elolvido de los guantes y el pañuelo. Después, cuando
entró en la platea,tuvo conciencia tardía de que dos minutos
antes, frente a la anchaescalera iluminada, se había cruzado
distraído con un grupo de señoras yque una de ellas le había
mirado sonriendo, para saludarle. "Bah, notiene importancia", se
dijo.
Terminaba el primer acto de "La Walkiria", cayó el telón, y
yaencendidas las luces de la sala, buscó el sitio en que debía
estarAdriana. Pero apenas creyó distinguirla, el exceso de la
emoción le hizoapartar la vista, y se puso a pasearla por todo el
teatro, por las milcaras rosadas, los blancos hombros desnudos y
los peinados espléndidoscuajados de pedrería. Sobre el rumoreo
de las conversaciones, vibrabaalguna fina risa femenina y él
volvía los ojos para reconocer a la quehabía reído. A la sola idea
de que Adriana estaba allí, tan cerca de él,un desfallecimiento
 
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