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Adriana Zumarán

—Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta
pasión. Porqueni siquiera la comprendería si usted se hubiese
dejado seducir yalucinar por la simple belleza física.
Muñoz miró a Charito atentamente.
—Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?
—No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de
enamorarse.
Él insistió.
—¿Pero le demuestra algo, al menos?
—¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un
mozo sincoquetearle.
Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.
—¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de
Charito. Ydirigiéndose a él:—Adriana puede volver a quererlo,
y en todo caso, deno quererlo Adriana, no ha de faltarle otra.
Cualquiera que ustedfesteje lo querrá... Nadie podría ser feliz si
tomara las cosas comousted las toma y si no pudiera, en
ocasiones, cambiar de cariño, cuandono hay otro remedio. Sea
razonable, Muñoz.
Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo
quetemblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso
se habíaya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este
muchachoabatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar
tanto de un finoconsuelo.
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