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Adriana Zumarán

que élfestejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para
hacersefestejar por él...
—No creo, Charito.
—Porque no la conoces.
—Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista
y quetodo lo hace por exceso de idealismo...
—No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo
le habloasí a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque
sufre de unaalucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen
después todas lasapariencias con que la mujer sabe cubrirse,
para interesar a loshombres, para desconcertarlos, y para hacer
que poco a poco se engañencompletamente! Y esto lo he
pensado, Muñoz, no solamente ahora, sinohasta cuando ella se
moría por usted.
—Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al
contrario,Charito, ni cuando decía quererme.
—¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta
sueledisimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir
porcualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace
poco tiempousted era el único que realmente había sabido,
según ella, despertarleamor. Es cierto que lo mismo le oí decir
en ocasión de otro festejo...
Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no
le habíaoído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que
mejor convenía asu demostración. Sus escrúpulos desaparecían
por la idea de consultar elinterés de Muñoz.
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