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Adriana Zumarán

defendía de sus golpes despiadadoscubriéndose la cabeza con
las manecitas abiertas.
Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le
hicieronconocer otro mal sentimiento: el rencor.
Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho,
caminabasobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la
celdilla deAdriana, como un mudo reproche, y la miraba
fijamente.
XIII
Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca
tenía, comode persona agraviada por motivos demasiado
penosos para decirlos. Peroinútilmente aguardó de Adriana una
pregunta que le diera pie parareplicar con frases ya meditadas.
Su amiga se conformaba con sonreír omirarla de soslayo,
distraída, porque aquel mutismo de Charito, sinpreocuparla, le
permitía abandonarse a la encantada dulzura de suspropios
pensamientos.
Al fin Charito no pudo contenerse:
—¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han
traído elcuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos
en el Museo. ¿Teimaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te
dijera...
Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se
guardara laspalabras más duras.
Adriana seguía mirándola, distraída.
 
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